Mi hijo S. perdió la final de fútbol americano en medio de lo que pareció una clara injusticia arbitral.
Mientras veía el partido, recordé algo que me repetía mi entrenadora E. (q.e.p.d.) cada vez que me quejaba de los árbitros: “Tú tienes que ganar con todo y el arbitraje.”
No es fácil mantener la calma cuando ves perder a tu hijo. Menos aún cuando regresa convencido de que les anularon cuatro touchdowns legítimos y cuando sabes que dejó el corazón en cada entrenamiento de la temporada. En esos momentos la razón se nubla y las emociones toman el control.
Sin embargo, con la mente más fría, me quedo con una reflexión distinta. El partido no se perdió únicamente por el arbitraje. En realidad, los entrenamientos de toda la temporada fueron la crónica de una derrota anunciada. La final ya venía complicada desde mucho antes del silbatazo inicial.
A lo largo de los meses de preparación, los entrenadores mostraron una preocupante falta de visión, estrategia y profesionalismo:
- Durante toda la temporada y en la propia final, la ofensiva pareció limitarse a dos jugadas recurrentes, sin capacidad de adaptación ni de sorprender al rival.
- Nunca se desarrolló un pateador de goles de campo, una herramienta que pudo haber marcado la diferencia en un juego tan cerrado y condicionado por las decisiones arbitrales.
- Tampoco se atendieron las deficiencias en la preparación de los receptores, al grado de que en la final no existió una sola jugada de pase que representara una amenaza real.
Por supuesto, creo que el partido de ayer se habría ganado con un arbitraje neutral. Pero también pienso que esa victoria habría ocultado los problemas de fondo. La emoción del triunfo nos habría impedido reconocer todo lo que faltó construir durante la temporada.
Al final, lo más frustrante no es haber perdido una final. Lo más frustrante es ver a un grupo de niños lleno de talento, compromiso y corazón, limitado por un coacheo que nunca estuvo a la altura de su potencial.
Si tuviera que resumir esta temporada en una sola frase, sería esta: Teníamos jugadores con talento y entrega de sobra, pero les faltaron entrenadores y líderes capaces de convertir ese potencial en resultados.
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